
La integración latinoamericana es un tema que ha poblado las páginas ideológicas y los capítulos políticos de nuestra historia, desde la gesta misma de las independencias, acaso desde antes que el concepto mismo de latinidad naciese en las mentes de nuestros ideólogos, tema que hasta la fecha continúa sin encontrar una respuesta única: remite a una problemática ontológica fundamental sobre la identidad del ser, más compleja aun en un continente cuya configuración de su geografía humana fue trazada por un convulsivo mélange triétnico, enlazado siempre por relaciones conflictivas: desde la conquista y el aplastamiento de pueblos simbolizado en la construcción de catedrales sobre templos indígenas y los procesos de emancipación, hasta la beligerancia de movimientos guerrilleros, pasando por la arremetida violencia de los totalitarios regímenes dictatoriales contra sus propios pueblos, cuyo bienestar han pretendido en el discurso procurar, reflejando la escisión que entre palabra y acción ha marcado nuestro devenir político, social, cultural y económico, histórico y cotidiano. América Latina vio entre los estallidos de cañones y bayonetas, el amanecer de su historia y si el presente resulta ser la suma de nuestras pretéritas experiencias y decisiones, nuestro sol continúa dibujando iguales luces, bajo signos en ocasiones disímiles: la agresión de nuestras megalópolis en su contaminación visual, ambiental, sonora; las crecientes brechas sociales entre quienes más recursos ostentan y quienes tienen por horizonte único la lucha por el pan diario; las difíciles posibilidades de acceso a la educación siquiera en el nivel básico; las precarísimas condiciones de vida y salud a las que se encuentran sometidos los niños quienes más que vivir, sobreviven bajo la línea de la pobreza absoluta, cuestión más alarmante si, como una de nuestras cantantes afirmara, son ellos el más importante capital de nuestras naciones. En el siglo XXI, las problemáticas se harán más complejas: el acceso a las tecnologías de información y comunicación se suma a los criterios de desarrollo en de esta ya convencionalmente denominada aldea global (McLuhan), término paradójico si dentro de ella percibimos la espectralización de la alteridad a la que nos sometemos en el cambio de sujeto a objeto, al introducirnos en una realidad cada vez más virtualizada. Tal es el estado de la cuestión dibujado sobre someras líneas en nuestras sociedades. Está luego el tema de los gobiernos: gobernabilidad, buen gobierno, gobierno corporativo, son todos términos que pueblan las mentes de teóricos, mientras las sociedades se cuestionan sobre la representatividad que en sus gobernantes encuentran o desencuentran. Apagada

