domingo, 21 de octubre de 2007

AMÉRICA LATINA por Julio Lucena


La integración latinoamericana es un tema que ha poblado las páginas ideológicas y los capítulos políticos de nuestra historia, desde la gesta misma de las independencias, acaso desde antes que el concepto mismo de latinidad naciese en las mentes de nuestros ideólogos, tema que hasta la fecha continúa sin encontrar una respuesta única: remite a una problemática ontológica fundamental sobre la identidad del ser, más compleja aun en un continente cuya configuración de su geografía humana fue trazada por un convulsivo mélange triétnico, enlazado siempre por relaciones conflictivas: desde la conquista y el aplastamiento de pueblos simbolizado en la construcción de catedrales sobre templos indígenas y los procesos de emancipación, hasta la beligerancia de movimientos guerrilleros, pasando por la arremetida violencia de los totalitarios regímenes dictatoriales contra sus propios pueblos, cuyo bienestar han pretendido en el discurso procurar, reflejando la escisión que entre palabra y acción ha marcado nuestro devenir político, social, cultural y económico, histórico y cotidiano. América Latina vio entre los estallidos de cañones y bayonetas, el amanecer de su historia y si el presente resulta ser la suma de nuestras pretéritas experiencias y decisiones, nuestro sol continúa dibujando iguales luces, bajo signos en ocasiones disímiles: la agresión de nuestras megalópolis en su contaminación visual, ambiental, sonora; las crecientes brechas sociales entre quienes más recursos ostentan y quienes tienen por horizonte único la lucha por el pan diario; las difíciles posibilidades de acceso a la educación siquiera en el nivel básico; las precarísimas condiciones de vida y salud a las que se encuentran sometidos los niños quienes más que vivir, sobreviven bajo la línea de la pobreza absoluta, cuestión más alarmante si, como una de nuestras cantantes afirmara, son ellos el más importante capital de nuestras naciones. En el siglo XXI, las problemáticas se harán más complejas: el acceso a las tecnologías de información y comunicación se suma a los criterios de desarrollo en de esta ya convencionalmente denominada aldea global (McLuhan), término paradójico si dentro de ella percibimos la espectralización de la alteridad a la que nos sometemos en el cambio de sujeto a objeto, al introducirnos en una realidad cada vez más virtualizada. Tal es el estado de la cuestión dibujado sobre someras líneas en nuestras sociedades. Está luego el tema de los gobiernos: gobernabilidad, buen gobierno, gobierno corporativo, son todos términos que pueblan las mentes de teóricos, mientras las sociedades se cuestionan sobre la representatividad que en sus gobernantes encuentran o desencuentran. Apagada la Guerra Fría de la cual Latinoamérica fue escenario sobre el que las superpotencias libraran su batalla y afuera de un contexto global de tal bipolaridad, marcado por la antinomia capitalismo-socialismo, el debate entre izquierdas y derechas pareciese anacrónico: pero en América Latina muchas cosas parecen serlo; finalmente, si la realidad es mímesis del arte al decir de Wilde, América Latina es tan metáfora de la región más transparente de Carlos Fuentes, como del Macondo garciamarquiano: ello la hace más antigua que su propio sentido de historicidad y a la vez, posmoderna. Laberinto de diferentes pasadizos históricos, raciales, sociales, que navegan paralelos, encontrándose algunas veces y desencontrándose otras, es una zona de imaginarias geografías que nacen con la fantasía de Colón de haber llegado al Edén según escribe al rey Fernando al arrivar a la desembocadura del Orinoco en lo que fuera luego bautizado como la pequeña Venecia: Venezuela. La llegada de España y Portugal al Nuevo Mundo, implicó el transplante de sueños e imaginarios nuevos, ligados a tradiciones de antaño y símbolos representativos del momento histórico europeo: acaso desde sus orígenes, Latinoamérica nace entre una curiosa trenza tejida entre la esperanza y desesperanza por el futuro, que acaba por hacer del presente que les sostiene, tiempo fantasmal: tal vez por ello nuestros proyectos políticos como personales tienden a ser siempre espectrales y nuestra palabra se alimenta del mito proveniente tanto de la tradición precolombina, como del panteón cristiano implantado. Entre lo anacrónico y lo mítico, divagan nuestra cosmovisión y los paradigmas desde los cuales nos intentamos comprender, así como al mundo que nos rodea, cuestión que en el siglo XXI se hace más compleja en un contexto mundial multipolar, y de globalización.

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